Convento de San José
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Constituciones Primordiales


El 17 de diciembre de 1586, el primer grupo de dominicos que se había ofrecido a formar la nueva provincia misionera del Santísimo Rosario aprobó en el convento de Santo Domingo de México y antes de partir para Filipinas, aprobó las llamadas Constituciones Primordiales de la nueva Provincia. El contenido del texto de dicha carta magna de la Provincia, detalla el gran espíritu religioso y misionero valiente que impregna a todos los miembros de la Provincia.

"En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, a los Reverendos Padres y carísimos hermanos en Cristo de la Congregación y Provincia del Santísimo Rosario de la Madre de Dios siempre Virgen María del Orden de Predicadores, fundada para la conversión de los infieles, Fray Juan de Castro, Vicario General y siervo de la misma Provincia, salud, gracia y paz.

El celestial Padre de Familias, que para labrar y cultivar por muchas partes del Orbe la viña de su amada Iglesia en al fortaleza y poder de su hijo, y en la suavidad y abundancia de su misericordia, llama y concierta a unos y a otros obreros, con gran cuidado y solicitud, proponiéndoles el premio: a nosotros también (oh Padres) usando de su larga misericordia nos ha llamado para que por varios y diferentes Reinos la procuremos plantar, que es como abrirles las puestas para que entren a gozar de sus frutos. ¿Qué alabanza? ¿Qué hacimiento de gracias y correspondencia le podremos dar, que iguale con tan gran merced? Pues por sola su misericordia nos ha llamado para que seamos en el ministerio Apostólico luces del mundo, antorchas sobre el candelero, para que con rayos de Doctrina y resplandores de vida atraigamos a la verdadera y Evangélica luz a los que están en las tinieblas del pecado, oscuridad de la gentilidad y sombra de la muerte. Pues para que podamos ejercitar tan alto ministerio a provecho nuestro y de nuestros prójimos, es necesario que obremos lo que hemos de enseñar, no contentándonos sólo con ser Predicadores de palabras, sino obradores, porque el que ha de guiar a otros por el camino de la perfección, obligación le corre de haberle primero andado; primero es ser perfecto, que perfeccionar a otros, y hacer, que enseñar, a imitación de nuestro buen Señor, que primero obró, que predicase, y antes hizo obras virtuosas, que las enseñase a hacer a otros: y aquel se llama grande en el Reino de los Cielos que hiciere y enseñare. Primero es ganar su alma propia que las ajenas. Porque ¿de qué provecho es al hombre ganar a todo el Mundo, si él pierde su alma y se condena? Recobra a tu prójimo según la virtud que tuvieres, y mira por ti no caigas, aconseja el Sabio. Procure pues cada uno mostrarse luz encendida y vela que arde: que lucir solamente es cosa vana: arder a solas, de poca edificación y provecho, y lo perfecto es arder, y lucir justamente. La buena Doctrina junta con la buena vida, como es más provechosa a los prójimos; así es más eficaz para convertir a los infieles, y sacarlos de las tinieblas de sus errores. Teniendo pues la administración que por la misericordia de Dios hemos alcanzado, no desfallezcamos (dice el Apóstol y Predicador de las Gentes) sino desechemos de nosotros las manchas ocultas, reprobando y dándolas de mano, para que parezcamos bien a las gentes delante de Dios; pues no está la Ley Evangélica escrita en tablas de piedra; sino en corazones de hombres: acordándonos que las gentes ilustradas con el resplandor de la luz del Evangelio, se admiraron de la pureza que las Vírgenes de Dios guardaron: y confesaron ser ellas el Templo vivo de Dios, y que el verdadero culto estaba en su Iglesia. Dícelo S. Atanasio, y S. Justino Mártir confiesa de sí haberse convertido a la Fe, convencido de este argumento. Y Teodoreto y Rufino cuentan que los Iberos, cuya solicitud en adorar los ídolos era grande; viendo en una mujer que tenían cautiva y vivía en una cabañuela la vida tan inocente e inculpable que hacía, comenzaron a buscar qué Religión y qué Dios era el que tan buenos y santos hacía a los que le reverenciaban, sirviendo esto de principio y origen de extirpar de sus tierras la idolatría y superstición:

Lucid, pues, hermanos míos, y echad los rayos de vuestra luz de modo que viendo las gentes vuestras buenas obras, glorifiquen en vosotros a Jesucristo: y para que su vida santísima se vea y manifiesta en nuestros cuerpos, traigámoslos siempre mortificados y rendidos con penitencias y ayunos.

Deseosos, pues, de renovar nuestro espíritu para que desechado el viejo Adán nos vistamos del nuevo, habiendo implorado el divino favor y tratádolo con nuestros compañeros, si no con todos, por estar muchos en diferentes conventos desta Provincia de San-Tiago; a lo menos con los que se ha podido consultar, ha parecido ordenar lo siguiente, para que dure y permanezca ahora y siempre jamás, en el mismo rigor y fuerza.

Habiendo de seguir un camino estrecho, senda angosta y vida penitente, proponemos guardar, no sólo lo esencial, como los Santos Mandamiento y votos de Religión; sino lo accidental del modo y suerte que está escrito, esmerándonos mucho en todo lo que dice austeridad y rigor. En lo esencial siempre se ha de poner grandísimo cuidado, y para que mejor se guarde pondremos algunas cosas que más sirvan de explicarlo que de aumentarlo: y en las cosas accidentales, que ya por la flaqueza humana se quebrantan, ya por el uso de dispensar con causas leves se relajan y olvida (razón que mueve a los deseosos de perfección para tener que caída la regular observancia), hemos de poner cuidado para que con el favor divino, con igual rigor guardemos nuestras Constituciones, así de ayunos, como vestir lana, comer pescado, traer vestidos viles, guardar silencio y andar a pie. Y aunque debajo de esta generalidad se comprende todo; nos pareció hacer particular mención de algunas cosas, que más se acercan y llegan a nuestro ministerio.

Primeramente, como en el Prólogo de las Constituciones se nos ordena, procuremos tener uniformidad en todo, así en la cantidad como en la calidad del vestido, ceremonias del culto divino, y en la celebración de la Misa, que siendo grave y devota, no sea prolija y cansada: las iglesias de una manera, los pareceres unos, las sentencias las mismas, las doctrinas conformes, la administración de los Sacramentos con un mismo modo, las conversaciones siempre espirituales, para que se vea que todos hablamos por una boca, y que no haya entre nosotros diferencia alguna, sino unidad en honrar y reverenciar a Dios con una boca, un sentido y un parecer.

En el Capítulo del modo de rezar en la iglesia se nos manda que todas las horas, así de día como de noche, las recemos en ella, lo cual mandamos guardar, aunque el número de Religiosos sea pequeño, levantándonos para ello a la media noche, pues no porque seamos pocos tenemos menos necesidad de alabar a Dios, ni la media noche es carga más pesada a dos que a muchos, acordándonos que David a solas se levantaba a la dicha hora, y San Pablo, y Silas, puestos en una cárcel, atados con cadenas y cargados de trabajos, a este mismo tiempo se levantaban a alabar a Dios.

En el Capítulo cuarto de los Sufragios por los Difuntos determinamos, que por cada Religioso que muriere digan todos los Sacerdotes seis Misas cada uno, aplicadas in solidum, sin que haya Prelado, que en lo contrario pueda dispensar, y los que no son Sacerdotes, dirán así los Salmos como los Rosarios doblados.

En la distinción segunda de los Predicadores, se guardará lo que se manda allí, siendo todas nuestras pláticas de Dios, ora sea hablando con nosotros, ora con seglares, procurando que en ellas se muestre el ministerio Apostólico, que tratamos, dando de mano a negocios del mundo, cortando pláticas profanas, evitando novedades y huyendo palabras ociosas, sirviendo siempre de condimento la sal de la sabiduría verdadera, Cristo Nuestro Señor, cuyas pisadas debemos seguir: todo aquesto se hará si las palabras que habláremos salieren de nuestros corazones encendidos en verdadera caridad, y para ayudar a ellos procuraremos tener siempre lección devota de las colaciones de los Padres e Historias Eclesiásticas, o explicación de la Sagrada Escritura, preguntando el Prelado y respondiendo uno: porque el grande Agustín con los ejemplos de los Santos, que traía en su pecho, andaba encendido en amor de Dios, y de Nuestro Patriarca Santo Domingo se lee que abundaba en ejemplos.

En el capítulo del modo de edificar las casas, está determinado que nuestros religiosos no reciban en manera alguna iglesias que tengan aneja cura de almas. Acerca de este punto debe tenerse muy presente que, aunque los señores Obispos o los Príncipes seculares quisieren imponernos esta carga como a párrocos, de ninguna manera la aceptemos, sino que inmediatamente dejemos tales casas. Mas no se crea por esto que tratamos de eximirnos del vínculo y obligación que nos impone la caridad, sino que solamente rehusamos contraer obligaciones de justicia; porque, como dice el Apóstol, cada uno debe permanecer en el estado a que ha sido llamado.

Y por cuanto los Obispos son los Pastores de sus ovejas y súbditos, que las pueden encomendar a quien quisieren, guardaremos lo que nuestra Constitución dispone de visitar lo primero al Obispo, a cuya Diócesis llegáremos, tomar su bendición, y según lo que nos aconsejare, predicaremos, para que así se haga mayor fruto en el Pueblo, mostrándonos obedientes en todo el tiempo que en su Obispado estuviéremos.

Acerca de la obediencia procuraremos que, renunciando nuestro querer, no sean muchas nuestras voluntades, y sola la del Prelado sea el primer móvil, así en las asignaciones como en la predicación, y porque el ánimo entregado a cosas mundanas se distrae mucho, quitamos de todo punto las visitas de los seglares, y sólo haremos las que obliga la caridad, y éstas harán los que al Prelado le pareciere: y si se hubiere de pedir limosna, señalará el Prelado los Religiosos que la pidan.

El estado de la pobreza es perfecto, por cuanto quita de los corazones las espinas que la punzan y las inquietudes que le distraen, consistiendo la verdadera felicidad en ser de veras pobres, dejándolo todo sobre los hombros de sus Prelados, para que desocupados de todo se puedan entrega a Dios, vacando a Él, como la Magdalena a los pies de Cristo, queremos, pues, que en los edificios de nuestros conventos sigamos el modelo de nuestras sagradas Constituciones, contentándonos con una pobre casa, ahorrando de gastos y quitando demasías, de modo que en nuestras celdas no se vea aparato de Príncipes, ni curiosidades, que deslustran nuestra pobreza.

Acerca de los libros y demás cosas que los Frailes de esta nuestra Congregación adquirieren, determinamos que todo pertenezca a ella, sin que las casas de donde son hijos adquieran derecho a ellos, y para que aquesto se haga sin que resulte perjuicio a ninguna casa, desde ahora quita la licencia para recibir cosa alguna, que no sea en nombre de toda la Comunidad; y las ya recibidas las aplico a ella.

Todas las cosas que los Religiosos tienen aplicadas para usar de ellas, mandamos que se pongan a los pies del Prelado, para que de ellas haga lo que mejor le pareciere, advirtiendo no ser nuestra intención quitar a las casas de donde somos hijos el derecho que tienen, hasta haber para ello alcanzado licencia de nuestro Reverendísimo General.

Item queremos que, alcanzada la tal licencia, ninguna casa de las que en nuestra Provincia se edificare, adquiera derecho alguno a las cosas de ella, sino que el tal derecho le adquiera la Provincia toda, y pertenezca al Provincial el dispensarlas libremente, según la necesidad de cada casa.

Ningún religioso tenga depósito, ni reciba cosa, sino en nombre de toda la Comunidad, ni se le conceda cierto uso de libros, como se manda en la distinción segunda, capítulo catorce, tratando de los Estudiantes, cumpliendo en todo lo que el Capítulo de Bolonia, que allí se cita, nos manda.

Demás de aquestas cosas nos ha parecido añadir y determinar cierto tiempo para la oración; y así para que mejor seamos antorchas encendidas, señalamos dos horas cada día, en que nos demos a la oración mental y divina contemplación, no faltando jamás a ello, ora esté el Religioso en el convento, ora en el camino:

y porque es bien sigamos al Apóstol S. Pablo, que para traer su cuerpo rendido al espíritu le mortificaba con disciplinas, ordenamos que todos los días que no fuere Domingo, Fiesta mayor u Octava solemne, cada Religioso tome una disciplina con sus propias manos.

Digno verdaderamente es que aquella Señora, debajo de cuyo amparo hemos emprendido cosa tan grande, sea de nosotros alabada: y así ordenamos que todos los días que no hubiere Oficio de Nuestra Señora, digamos los Salmos y antífonas que corresponden a las letras de su Santísimo nombre.

Si bien nuestra Constitución nos permite dormir en unos colchones, renunciamos de buena gana a esta licencia, imitando a aquel Señor que no tenía dónde reclinar su cabeza, contentándonos con una tabla o un pobre estrado, y cama de pieles, mientras la enfermedad no nos obligare a otra cosa; que a los enfermos y huéspedes se les podrán dar camas.

Estas cosas son las que como firmes y verdaderos cimientos ponemos, para que con el favor de Dios las guardemos. Rogamos por las entrañas de Jesucristo que oremos siempre, pidiendo perpetuamente a Dios que, pues comenzó esta obra, la llegue a la perfección deseada. Dada en el Convento de Santo Domingo de México, a diez y siete de diciembre de mil y quinientos y ochenta y seis años. Fr. Juan de Castro Vicario General, pedimos vuestros sufragios".

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